27/4/13

Capítulo 69 parte I

-¿De veras tengo que probarme uno más? – protesta María haciendo flotar el vuelo de la falda con los dedos.

-Sólo uno más, sé que está por alguna parte. – le contesto convencida.

-¿Uno más y vale? Eso lo dijiste hace media hora. – Entrecierra los ojos y frunce la nariz con desagrado. Como si a mí me hiciera mucha gracia estar ahí encerrada. Lo que hay que hacer por amor…

-Sí, uno más. Lo prometo. – digo mientras me sumerjo en un mar de perchas que tintinean conforme me abro paso. No sé muy bien qué tipo de vestido estoy buscando, a estas alturas probablemente le podría poner uno de Prada delante y me lo tiraría a la cara. Pero entonces ahí está y es perfecto, casi puedo oír las trompetas celestiales. - ¡Te encontré!

Debbie alza la vista con algo de miedo en la mirada. Cuando he atravesado aquella selva de vestidos, aparezco con la percha al hombro y una sonrisa radiante. María alza una ceja con curiosidad y la ironía cargada a punto para disparar.

-No me puedes decir que no a esto. – digo sin abandonar la sonrisa y muestro aquel estupendo vestido. María parece algo sorprendida. – Qué me dices, ¿uno más?

Ella sonríe con sorna y se avalancha sobre la percha como un puma. Oigo las anillas correr por la barra del probador y lo siguiente que veo…

-Vaya. – digo sonriendo de oreja a oreja. – Vaya.

María sonríe también y da un par de pasos lentos para salir del cubículo e incluso Debbie se sorprende. Aquel ‘trapito’ le quedaba de miedo. Aquel vestido negro, muy simple con un cinturón dorado cubriéndole la cintura era un acierto se mirase por donde se mirase. Asiento en silencio sin dejar de mostrar la sonrisa.

-Si no te lo quedas tú, me lo llevo yo. – digo rompiendo el silencio. Las dos se ríen y María niega enérgicamente mientras me mira.

-¡Ni loca! Me lo quedo, definitivamente. – dice dando una vuelta sobre sí misma. Está radiante. – Aunque… Todavía no me has dicho para qué es el vestido…

Trago saliva mientras mis ojos se vuelven platos. Me río débilmente y sonrío acercándome a la caja para escurrir el bulto, si lo dejo pasar, igual no vuelve e preguntar…

-¿Belén? – dice mirándome con una ceja levantada. – No me has contestado.

-No tardarás en saberlo, prometido. – digo entonando una sonrisa ladina. – Cámbiate y vámonos, nos quedan cosas que hacer.

Mientras Debbie pliega bien el vestido, salgo fuera son sigilo, aunque las campanillas de la puerta me delatan. Las miro con odio y cierro la puerta detrás de mí. Saco el teléfono y por un momento lo miro pensativa… Todavía notaba aquella presión en mi pecho.
“Quizás debería…” Empiezo a pensar. “No. Basta. Siempre soy yo la que acaba soltando la soga. Es como un niño malcriado, que madure y se dé cuenta él solito” Concluyo la reflexión antes de marcar el número de mi hermano.

-¿Harry? – digo sin perder de vista la puerta, parece que María se ha interesado por algunos colgantes del mostrador, genial, eso me dará algo de tiempo. Harry saluda al otro lado del teléfono, de pronto suena como si algo de metal cayera al suelo. - ¿Harry?

-¡Mierda! – gruñe él. Me pregunto que estará haciendo. – Perdón, ¿qué pasa?

-¿Se puede saber qué haces?

-¡Cazar gamusinos! ¿A ti que te parece? Me estoy volviendo loco con tanto tornillo, ¡Joe, ¿Dónde mierda va este cable?! – trato de oprimir una carcajada y me muerdo el labio, nunca ha sido demasiado mañoso para esas cosas.

-Vaya, que aplicado te veo. – digo con sorna. – Así me gusta, ¿tenéis para mucho? No sé cuánto más puedo distraerla.

-No sé, llévala a casa, prepararos como si fuese una cita normal, haz como si tú también fueras, eso despejará sospechas. – dice Harry.

-Buena idea. – digo sorprendida, ¿desde cuándo es él el cerebro del equipo? – Te doy un toque cuando estemos al caer. ¿Estás seguro que lo tienes todo bajo control? – digo cuando de pronto escucho las campanitas detrás de mí.

-Que sí, pesada. Tú sólo cumple con tu parte.

-¡Claro mamá, estaremos ahí para merendar! – grito al teléfono mientras miro a María bajar las escaleras.

-¿Qué? – dice Harry.

-Adiós mamá, ahora te vemos. – me despido y cuelgo. María me mira algo extrañada mientras columpia la bolsa en su mano. - ¿Te apetece té?


Dejo el maquillaje en la mesa con un golpe seco y me giro para ver cómo va María, todavía sigue en el baño. Me acerco rápidamente notando el frío de las baldosas en mis pies desnudos.

-¿Qué tal vas? – digo tocando un par de veces en la puerta.

-Voy, voy, tengo problemas con la cremallera. – contesta. De pronto la puerta se abre y doy un traspiés. - ¿Me echas una mano?
Asiento y subo hacia arriba la tira de metal que cuelga del lateral del vestido. Sonrío y la miro, y ella me mira a mí.
-Nunca había visto ese vestido. – dice ladeando la cabeza.

-¿Este azul? – digo señalando mi atuendo. – Lo tengo hace tiempo, nunca me lo había puesto. – digo mirándolo. Es un vestido bonito, simple y liso en un color azul oscuro pálido, de media manga con el escote bastante amplio y un lazo negro en la cintura.

-Te queda genial. – murmura mirándome. Se queda en silencio un momento y me mira a los ojos. – Antes… Estabas triste. Por un momento me ha parecido verlo. ¿Hay algo que quieras contarme?

Me sorprende tanto que doy un paso hacia atrás torpemente. Sonrío fugazmente y la miro perpleja. No sé qué decir exactamente, nunca hubiese pensado que se daría cuenta de algo tan pequeño.

-La verdad… - suspiro y me siento en la cama juntando las manos en mi regazo. – La verdad es que hay algo que me preocupa. – María se sienta a mi lado y se apoya con las manos en la colcha. – No creo que lo sepas pero, Louis y yo… Bueno, discutimos. Se enteró de lo de la carta, bueno, creo que estabas presente.

El gesto de María se vuelve serio y algo preocupado.

-¿Discutisteis? Vaya…

-Bueno, en realidad fue algo más como… Una bronca. Me echó la bronca porque no se lo había contado antes, dice que necesita tiempo y no sabe si podrá volver a confiar en mí. Incluso Harry ha intentado hablar con él, pero…

Me río y me paso las manos por las mejillas dejando pasar la angustia que me invade de pronto. Respiro hondo y me dejo caer en el hombro de la pelirroja.

-No sé qué hacer. Estoy cansada de andar detrás de él, de hacer lo que él quiere que haga. No soy así, nunca lo he sido.

-No le hagas caso, es una rabieta. Si te quiere lo suficiente se dará cuenta de que es lo mejor para ti. Ahora creo que tenemos que ir a una cita, fiesta o lo que quiera que sea eso… - dice con tono divertido.

Asiento y sonrío. Tengo ganas de ver cómo reacciona a la sorpresa. Cojo mis cosas y las llaves del coche de Harry y espero a que María se deje de mirar en el espejo de la entrada.

El trayecto es tranquilo, hasta que por fin María se da cuenta de donde estamos. Aparco en la entrada y me quedo callada mientras la miro esperando a que diga algo.

-Pero… ¿Esto es el instituto? – dice mirando por la ventana algo desconcertada. Asiento y apago el motor con tranquilidad.

-¿Sabes qué día es hoy? – digo sonriente.

-Sábado. ¿Por qué?

-A partir de ahora conocida también como la mejor noche de tu vida. Ven conmigo. – digo mientras abro la puerta del conductor y salgo del coche. María me mira desde el cristal mientras doy la vuelta al coche.

-No entiendo nada. – dice imitándome. Le doy al botón y el coche emite un par de pitidos. – Belén, me estás asustando.

-Estás a punto de entenderlo, vaaaaamos. – digo tirándole de la mano obligándola a subir los escalones detrás de mí.

La puerta chirría cuando la empujo, y un murmullo a lo lejos resuena a lo largo del oscuro pasillo. Los pelos se me ponen de punta, nunca me han dado muy buen rollo los institutos de noche.

-Qué mal rollo. – anuncia María en mitad de la oscuridad. El sonido se va haciendo más notable. La luz de mi móvil nos ilumina el camino, más o menos. Es la hora de llamar a Harry.

Con un sutil gesto presiono la tecla de llamar y dejo pasar un par de tonos, entonces cuelgo. En ese mismo momento el murmullo cesa de golpe y sonrío, estoy empezando a emocionarme.

-¿Falta mucho? – pregunta.

-No, creo que ya estamos cer… - mi muñeca choca con algo de metal y ahogo un grito. Maldita puerta, no me la esperaba tan cerca. Oigo a María reírse débilmente detrás de mí, y a pesar de que no me puede ver me giro con cara de pocos amigos.

Abro la puerta y la oscuridad sigue siendo casi absoluta. Me quedo quieta tras ordenar a María que cierre la puerta y carraspeo de manera que se me oiga. Casi puedo notar el ajetreado ir y venir de la respiración de la pelirroja.

De pronto, en mitad de la nada, una bola de discoteca empieza a ser visible gracias a la tenue luz magenta que la ilumina, y que cada vez se vuelve más fuerte. Un suave ritmo empieza a tocar de fondo, y sonrío con ganas. Me giro para mirar a María esperando que su reacción sea buena.

-Belén, ¿Qué es esto? – dice con el terror en el gesto.