Qué propio de mí, eso de pensar las cosas demasiado hasta que me duele la cabeza. No es que me sorprenda, me pasa todo el tiempo, pero aquella vez estaba explorando nuevos límites. Al llegar a casa, mi cerebro palpita como tratando de salir de mi cabeza desesperadamente, estoy tan cansada que me emociono sólo con ver el sofá.
-¡Cariño! ¿Cómo ha ido? – pregunta mi madre con dulzura.
Ladeo la cabeza y sonrío con pocas ganas. Es obvio que ha pasado algo, pero no tengo los ánimos como para hablar de ello. Suspiro y dejo el abrigo y la bufanda en su sitio, huyendo en el mínimo tiempo posible hasta mi habitación.
-¿Qué ha pasado? Tienes cara de ‘ha pasado algo pero no me apetece hablarlo’ – dice Harry en tono cálido desde la puerta. Ni siquiera me había dado cuenta de que había llegado hasta ahí.
-No empieces. – le digo mientras me deshago de los zapatos. – Por favor.
Harry suspira y entra dentro, maldito terco. Me mira fijamente mientras se apoya en la pared, con toda la tranquilidad del mundo. Por alguna razón, eso me hace gracia.
-¿De qué te ríes?
-¿Sinceramente? No lo sé, eres tú y tu estúpida actitud cuando estoy así. No sé por qué, pero me hace sentir mejor. Aunque no digas nada, ni yo diga nada. ¿Cómo lo haces?
-Magia de hermano mayor, ya sabes. – contesta guiñándome un ojo. - ¿Sabes? Sea lo que sea lo que hayas escrito en ese sobre, sea cual sea la respuesta estoy orgulloso de ti.
Aquello me pilla tan de sorpresa que no sé cómo reaccionar. Lo miro confusa y él se acerca para sentarse a mi lado.
-¿D-de veras? – contesto con gesto sorprendido. Harry asiente y sonríe dulcemente. Parece haberse dado cuenta de lo que realmente significa para mí su apoyo incondicional, como si se hubiese quitado la venda.
Sin pensármelo dos veces le doy un abrazo enorme y lo agarro fuerte. De repente mis ánimos suben como la espuma, aquel día había mejorado en más del cincuenta por ciento, y ya sabía cómo acabarlo. Me levanto de pronto y junto las manos, algo emocionada.
-Creo que ya sé que voy a hacer esta tarde. Y voy a necesitar tu ayuda, aunque no hace falta que vengas, pero sí que tengas el teléfono disponible.
-¿De qué estás hablando? – pregunta él levantando una ceja.
-¡Ya lo verás! – digo sonriéndole. – Me voy ahora mismo.
Harry me mira, pero no parece estar entusiasmado por mi idea, ¿qué le ha hecho que cambiara tan radicalmente de expresión? Es como si algo le rondara la cabeza. Me siento en el suelo para volver a ponerme los zapatos y le miro pensativa.
-¿Qué pasa? – le pregunto intrigada. Harry sonríe fugazmente y ladea la cabeza.
-No quería decírtelo ahora, viéndote tan contenta – su tono me preocupa. – Estuve… Bueno, traté de hablar con Louis, para hacerle entrar en razón, ya sabes.
Suelto el aire que contenía en mis pulmones y siento el peso de sus palabras en mi pecho, como un golpe seco. Hacía algunos días que no pensaba en aquello, pero justo en ese momento me vuelve a la cabeza la discusión que mantuvimos por teléfono, la manera en la que se enfadó, todo lo que dijo… Ni siquiera me acordaba.
-Dijo que necesitaba algo de tiempo para pensarlo todo, que estaba dolido y no sabía si podía confiar en ti después de eso.
-¿¡Después de qué?! ¿Después de tratar de decidir mi futuro por mí misma? ¡Tampoco es que él se preocupara mucho por preguntarme nada! –le espeto mosqueada. Harry suspira, sabía que era así cómo reaccionaría, pero ¿qué quería que le hiciera? No era justo, nada justo.
-Lo sé, se lo dije… Pero dale tiempo. Sabes cómo es, sabes que le cuesta abrirse y… - Harry parece empezar a arrepentirse de haber comenzado aquella conversación.
De pronto ambos nos hemos quedado callados. Suspiro y sigo atándome los cordones, como si aquello no hubiese pasado. No quería saber nada más, sobre todo si Louis iba a seguir comportándose como un crío.
-Déjalo, Harry. – comienzo poniéndome de pie. – Ya hablaremos de esto en otro momento…
Salgo a la calle y el aire se condensa en cuando respiro. Esperando que funcione, alargo la mano y llamo al piso de María.
-¿Sí? – contesta alguien.
-¿María?
-Sí, soy yo. ¿Quién es?
-Soy Belén, ¿puedes bajar?
-¿Qué haces aquí? Si me has mandado un mensaje o algo no me ha llegado nada.
-No te he mandado nada, era una sorpresa. – contesto. Oigo su risa y sonrío levemente.
-Está bien, dame cinco minutos.
El aparato hace un ruido seco y después silencio. De nuevo el tiempo avecina algo de lluvia, aunque lo raro no era que lloviera, lo raro allí era que no lo hiciera. Después de unos minutos, veo aparecer a María por la escalera, con ese peculiar paso que usa para bajar los escalones.
Sonrío y la saludo a través del cristal.
-Menudo susto me has dado, ¿qué sorpresa es esa? – pregunta, poniéndose bien la bufanda.
Sonrío con aire misterioso y la cojo del brazo. Tras un rato andando nos encontramos enfrente de donde quería llegar.
-¿Qué es esto? – pregunta con una ceja levantada.
-Vas a comprarte un vestido. – digo como si nada mientras abro la puerta. – Y no hay más preguntas. – Completo la frase antes de que pueda decir nada más. Ella resopla y pone los ojos en blanco.
Las campanitas nos dan la bienvenida una vez más, es como si no hubiera otra tienda en toda la ciudad, pero ¿qué le voy a hacer? Adoro esa tienda.
-¡Debbie! – saludo a la amable señora que una vez más sonríe al verme. - ¿Cómo va todo?
-Pues tirando, como todos. – dice saliendo de detrás del mostrador mientra se quita las gafas. - ¿Qué quieres de mí esta vez, pequeña?
-Necesita un vestido. – digo guiñándole un ojo. – Para… un momento especial. – Debbie ha parecido pillar la indirecta, y pone gesto sorprendido seguido de una sonrisa.
-Está bien, veré que tengo por ahí. – dice mientras se marcha al almacén.
-¿De qué va todo esto? – dice María una vez estamos solas. - ¿Un vestido? ¿Para qué iba a querer yo un vestido ahora? No tengo ninguna fiesta.
-Eso ya lo veremos. – le contesto arqueando una ceja.
Poco rato después aparece Debbie con un montón de vestidos apilados en su brazo.
-Podemos empezar por estos, ¿te parece? –dice sonriente.
Miro a María sonriente y ella se encoje de brazos.
-Está bien.
29/12/12
14/12/12
Capítulo 67
El despertador suena y me despierta bruscamente. Me había quedado dormida tan profundamente que no me lo esperaba. Pero era jueves, no uno cualquiera. Era ese jueves.
Me levanto y como alma que lleva el diablo me visto a toda prisa, cojo mi bolso y le robo una tostada a mi hermano que inmediatamente atrapo entre los dientes para dejar las manos libres.
-¡Eh! – exclama Harry mirándome con el ceño fruncido mientras voy de un lado para otro. - ¿A qué viene semejante alboroto?
Mi madre sonríe desde detrás del periódico.
-Déjala, cariño. Tiene cosas que hacer. – dice ella con voz amable
-¡Adiós! – farfullo intentando que la tostara se quedara en su sitio y salgo dando un sonoro portazo.
Harry mira la puerta algo desconcertado mientras mi madre sonríe.
-Esta cría, cada día es más rara… - dice por lo bajinis mientras acerca su plato a la mesa.
Había salido tan deprisa que no me había dado cuenta de que casi llegaba a mitad de camino en unos pocos minutos. Tenía que ir a correos. En mi mano, sostengo un papel, metido en un sobre, donde está escrita la respuesta a la carta que me enviaron expresamente desde Edimburgo.
Ahora la miro y no estoy tan convencida como cuando la escribí. En ese momento no me temblaba el pulso, ni notaba el corazón acelerarse estrepitosamente en mi pecho.
Tampoco me había dado cuenta de que me había quedado para en mitad de la calle mirando fijamente el sobre que sostenía, y la gente me empezaba a mirar algo raro. Volviendo a la realidad y sin fuerzas para continuar hasta mi destino, me siento en el banco a meditar un poco más profundamente.
-¿Es esto de verdad lo que quiero o estoy pensando con el corazón en vez de con la cabeza? A lo mejor debería…
-¿Estás bien? – comenta una voz cerca de mí, aunque parece lejana. Se rompe mi burbuja y levanto la cabeza buscando la fuente de aquella dulce y familiar… Dios mío.
No sé muy bien que decir. Nunca había sabido muy bien que decir cuando veía su melena rubia moverse con el viento, y esos ojos azules apuntándome, como si me desarmaran. Y pensaba que me había olvidado de todo aquello, parecía haber pasado tanto tiempo…
-Ben… - alcanzo a susurrar pasados unos segundos de silencio.
Recupero mi estado arisco a recordar aquella maldita noche donde todo se me fue al garete. Se supone que le odiaba, que no quería verle, pero… había pasado tanto tiempo que ni siquiera podía recordar el profundo sentimiento de odio que sentí en aquel momento. Ahora sólo veo a un chico a quien solía conocer, y nada más.
-Vaya, hola a ti también. – dice sonriente.
-No esperes que te salude a estas alturas. – digo seria, mientras me acurruco en la bufanda. Ben torna su sonrisa en un gesto de comprensión.
-Perdona, pensé que te alegraría verme. – dice. Sonrío con sorna y vuelvo la vista a la carta de nuevo. - ¿Qué te trae por aquí?
-Cosas. – digo mirándole sin más. No tenía por qué saber nada de lo que yo hacía. - ¿y tú que haces aquí?
-Trabajo aquí, en la zona. Debbie me despidió porque no tenía suficiente dinero para pagar a un empleado y me mudé con mi hermana por aquí, tampoco está muy lejos de ahí. Alguna vez te veo por ahí… pero no me atrevía a acercarme.
-Hasta ahora. – señalo. - ¿por qué has venido a hablarme?
-No lo sé, –dice encogiéndose de hombros. – un impulso tal vez. Te he visto algo preocupada y sola, así que he pensado que igual te vendría bien hablar… ¿Un café?
Mi cabeza estaba hecha un completo alboroto. De pronto aparece él y su estúpida sonrisa a preguntarme que tal estoy. ¿A caso no se me veía en la cara? De todas maneras, estoy algo mareada de pensar tanto, así que acepto. Un café es un café.
Harry se sienta despreocupadamente en el sofá tras hacer –a desgana– todas las tareas que le habían encargado. Ahora tocaba hacer otras un poco más importantes.
Coge su teléfono, busca un nombre en la agenda y marca. Los tonos le empiezan a desesperar. Llevaba varios días de retraso y el aviso que le había dado días atrás realmente le había hecho ponerse las pilas.
-¿Sí?- contesta una voz algo cursi al otro lado del teléfono.
-¿Joe? – dice Harry incorporándose de repente. – Joe necesito que me hagas un favor.
-Hola a ti también, Harry. – responde el muchacho con sorna. Harry no tiene la cualidad de ser educado, precisamente.
-Perdón, perdón. ¿Qué tal?
-Bien, bien. – dice Joe dejando el tema a un lado. - ¿Qué es eso que me tienes que pedir?
-Necesito que prepares un baile de fin de curso. – responde Harry como si fuera lo más normal del mundo.
-¿A principios de septiembre? ¿A ti se te ha ido la pinza?
-No. No me has entendido – dice Harry poniendo los ojos en blanco. – No ese tipo de baile, es un pequeño baile, lo necesito. Es como un evento privado.
-Oh… -murmura Joe. – Creo que lo entiendo… ¿Quieres impresionar a una chica?
-Algo así. – responde Harry. – Y necesito que tú y Sally me ayudéis con ello o no saldrá nada bien.
-¡Qué emocionante! – exclama eufórico. – Aunque con los exámenes de principio de curso… Tengo que estudiar…
-Por favor. – suplica Harry poniendo su mejor voz de niño pequeño. Joe suspira al otro lado del teléfono y chasquea la lengua.
-Está bien, está bien. –cede sin mucha insistencia, por una parte él también tenía ganas de hacer algo así. – Haremos lo que podamos, cuenta con nosotros.
Harry entona un gesto de victoria en silencio y carraspea.
-Gracias Joe, te debo una.
-¡Una de muchas, cielo! No me hagas recordártelas. Te veo este viernes en el instituto, acuérdate.
-Claro, hasta entonces. – responde mientras escucha el constante pitido que empieza a sonar. Harry parece satisfecho, una enorme sonrisa estúpida en su cara lo corrobora. ¡Viento en popa a toda vela!
Suspiro y dejo mis cosas al lado de la silla en donde me siento. Ben ha estado todo el camino callado y sonriente, casi da un poco de miedo.
-Y bien, ¿qué ronda por tu cabecita esta vez? – dice mientras se sienta en frente. Alzo una ceja algo molesta por la confianza con la que osa tratarme después de todo. Como si fuéramos amigos de toda la vida.
-Algo bastante serio, digamos que me juego el futuro entero. – digo ladeando la cabeza. - ¿por qué quieres saberlo?
-Oh venga, Belén, no te me pongas así. Se te ve en la cara que necesitas desahogarte.
-No me digas lo que necesito o dejo de necesitar, rubito. – le interrumpo antes de que siga por ahí. Si hay una cosa que no soporto es que hablen por mí. Nunca. – Pero esta vez tienes razón… Aunque no sé por qué debería hacerlo contigo.
Ben esboza una sonrisa, quizás por la última frase. Mente perversa.
-Simplemente me preocupo por ti – dice mirándome a los ojos. Con esos ojos azules y preciosos y… No. No, no y no. No me voy a dejar llevar por ellos, ya lo hice una vez y no llevó a nada bueno.
-No parecías preocuparte mucho por mí hace relativamente poco. – digo dejándome caer en el respaldo y cruzándome de brazos.
-Vaya, veo que estás a la defensiva. – dice imitándome. – Tienes derecho a estarlo, lo sé, me porté como un auténtico gilipollas… Pero, ¿no podemos hablar esto como adultos? Vengo en son de paz, lo prometo.
Le miro y relajo los brazos lentamente hasta apoyar las manos en las rodillas. Parece que dice la verdad, pero tampoco quiero confiarme. Está bien, se lo contaré...
-¡¿Qué tú qué?! – exclama después de mi relato. Juraría que si abriera un poco más los ojos, se le caerían de las cuencas. - ¿Te estás quedando conmigo?
-¿Por qué no iba yo a poder ser seleccionada por la universidad de Edimburgo? – pregunto algo ofendida. Ben se toma su tiempo en contestar.
-Pues… no lo sé, pero me extraña mucho. Mucho, mucho. ¿Estás segura que era la universidad de Edimburgo? – pregunta todavía algo incrédulo.
Asiento ya casi rozando el enfado y saco la carta.
-Si no te lo crees después de esto, no sé qué más hacer. – Digo mientras la observa. Todavía después de eso, parece sorprendido.
-Vaya… Parece mentira, de verdad. Había oído que son muy, muy estrictos con los que seleccionan y el nivel está muy alto…
Doy un golpe en la mesa y le miro fijamente.
-Deja de subestimarme, ¿quieres? – le dijo sin elevar la voz. – Soy perfectamente capaz de llegar a su nivel, y mucho más. Si no te lo crees es cosa tuya. – digo cogiendo mis cosas. – Y ahora si me permites, tengo cosas que hacer.
Me levanto con todo mi orgullo y le dedico una última mirada.
-Te mandaré una carta desde Edimburgo, no te preocupes, cielo. – digo cargada de ironía antes de salir por la puerta y dejarle con la palabra en la boca.
¿Que no estaba al nivel de Edimburgo? Se lo iba a demostrar. De pronto lo tenía más claro que nunca. Hay algo con lo que debes jugar si no quieres salir perdiendo: un orgullo como el mío.
Me levanto y como alma que lleva el diablo me visto a toda prisa, cojo mi bolso y le robo una tostada a mi hermano que inmediatamente atrapo entre los dientes para dejar las manos libres.
-¡Eh! – exclama Harry mirándome con el ceño fruncido mientras voy de un lado para otro. - ¿A qué viene semejante alboroto?
Mi madre sonríe desde detrás del periódico.
-Déjala, cariño. Tiene cosas que hacer. – dice ella con voz amable
-¡Adiós! – farfullo intentando que la tostara se quedara en su sitio y salgo dando un sonoro portazo.
Harry mira la puerta algo desconcertado mientras mi madre sonríe.
-Esta cría, cada día es más rara… - dice por lo bajinis mientras acerca su plato a la mesa.
Había salido tan deprisa que no me había dado cuenta de que casi llegaba a mitad de camino en unos pocos minutos. Tenía que ir a correos. En mi mano, sostengo un papel, metido en un sobre, donde está escrita la respuesta a la carta que me enviaron expresamente desde Edimburgo.
Ahora la miro y no estoy tan convencida como cuando la escribí. En ese momento no me temblaba el pulso, ni notaba el corazón acelerarse estrepitosamente en mi pecho.
Tampoco me había dado cuenta de que me había quedado para en mitad de la calle mirando fijamente el sobre que sostenía, y la gente me empezaba a mirar algo raro. Volviendo a la realidad y sin fuerzas para continuar hasta mi destino, me siento en el banco a meditar un poco más profundamente.
-¿Es esto de verdad lo que quiero o estoy pensando con el corazón en vez de con la cabeza? A lo mejor debería…
-¿Estás bien? – comenta una voz cerca de mí, aunque parece lejana. Se rompe mi burbuja y levanto la cabeza buscando la fuente de aquella dulce y familiar… Dios mío.
No sé muy bien que decir. Nunca había sabido muy bien que decir cuando veía su melena rubia moverse con el viento, y esos ojos azules apuntándome, como si me desarmaran. Y pensaba que me había olvidado de todo aquello, parecía haber pasado tanto tiempo…
-Ben… - alcanzo a susurrar pasados unos segundos de silencio.
Recupero mi estado arisco a recordar aquella maldita noche donde todo se me fue al garete. Se supone que le odiaba, que no quería verle, pero… había pasado tanto tiempo que ni siquiera podía recordar el profundo sentimiento de odio que sentí en aquel momento. Ahora sólo veo a un chico a quien solía conocer, y nada más.
-Vaya, hola a ti también. – dice sonriente.
-No esperes que te salude a estas alturas. – digo seria, mientras me acurruco en la bufanda. Ben torna su sonrisa en un gesto de comprensión.
-Perdona, pensé que te alegraría verme. – dice. Sonrío con sorna y vuelvo la vista a la carta de nuevo. - ¿Qué te trae por aquí?
-Cosas. – digo mirándole sin más. No tenía por qué saber nada de lo que yo hacía. - ¿y tú que haces aquí?
-Trabajo aquí, en la zona. Debbie me despidió porque no tenía suficiente dinero para pagar a un empleado y me mudé con mi hermana por aquí, tampoco está muy lejos de ahí. Alguna vez te veo por ahí… pero no me atrevía a acercarme.
-Hasta ahora. – señalo. - ¿por qué has venido a hablarme?
-No lo sé, –dice encogiéndose de hombros. – un impulso tal vez. Te he visto algo preocupada y sola, así que he pensado que igual te vendría bien hablar… ¿Un café?
Mi cabeza estaba hecha un completo alboroto. De pronto aparece él y su estúpida sonrisa a preguntarme que tal estoy. ¿A caso no se me veía en la cara? De todas maneras, estoy algo mareada de pensar tanto, así que acepto. Un café es un café.
Harry se sienta despreocupadamente en el sofá tras hacer –a desgana– todas las tareas que le habían encargado. Ahora tocaba hacer otras un poco más importantes.
Coge su teléfono, busca un nombre en la agenda y marca. Los tonos le empiezan a desesperar. Llevaba varios días de retraso y el aviso que le había dado días atrás realmente le había hecho ponerse las pilas.
-¿Sí?- contesta una voz algo cursi al otro lado del teléfono.
-¿Joe? – dice Harry incorporándose de repente. – Joe necesito que me hagas un favor.
-Hola a ti también, Harry. – responde el muchacho con sorna. Harry no tiene la cualidad de ser educado, precisamente.
-Perdón, perdón. ¿Qué tal?
-Bien, bien. – dice Joe dejando el tema a un lado. - ¿Qué es eso que me tienes que pedir?
-Necesito que prepares un baile de fin de curso. – responde Harry como si fuera lo más normal del mundo.
-¿A principios de septiembre? ¿A ti se te ha ido la pinza?
-No. No me has entendido – dice Harry poniendo los ojos en blanco. – No ese tipo de baile, es un pequeño baile, lo necesito. Es como un evento privado.
-Oh… -murmura Joe. – Creo que lo entiendo… ¿Quieres impresionar a una chica?
-Algo así. – responde Harry. – Y necesito que tú y Sally me ayudéis con ello o no saldrá nada bien.
-¡Qué emocionante! – exclama eufórico. – Aunque con los exámenes de principio de curso… Tengo que estudiar…
-Por favor. – suplica Harry poniendo su mejor voz de niño pequeño. Joe suspira al otro lado del teléfono y chasquea la lengua.
-Está bien, está bien. –cede sin mucha insistencia, por una parte él también tenía ganas de hacer algo así. – Haremos lo que podamos, cuenta con nosotros.
Harry entona un gesto de victoria en silencio y carraspea.
-Gracias Joe, te debo una.
-¡Una de muchas, cielo! No me hagas recordártelas. Te veo este viernes en el instituto, acuérdate.
-Claro, hasta entonces. – responde mientras escucha el constante pitido que empieza a sonar. Harry parece satisfecho, una enorme sonrisa estúpida en su cara lo corrobora. ¡Viento en popa a toda vela!
Suspiro y dejo mis cosas al lado de la silla en donde me siento. Ben ha estado todo el camino callado y sonriente, casi da un poco de miedo.
-Y bien, ¿qué ronda por tu cabecita esta vez? – dice mientras se sienta en frente. Alzo una ceja algo molesta por la confianza con la que osa tratarme después de todo. Como si fuéramos amigos de toda la vida.
-Algo bastante serio, digamos que me juego el futuro entero. – digo ladeando la cabeza. - ¿por qué quieres saberlo?
-Oh venga, Belén, no te me pongas así. Se te ve en la cara que necesitas desahogarte.
-No me digas lo que necesito o dejo de necesitar, rubito. – le interrumpo antes de que siga por ahí. Si hay una cosa que no soporto es que hablen por mí. Nunca. – Pero esta vez tienes razón… Aunque no sé por qué debería hacerlo contigo.
Ben esboza una sonrisa, quizás por la última frase. Mente perversa.
-Simplemente me preocupo por ti – dice mirándome a los ojos. Con esos ojos azules y preciosos y… No. No, no y no. No me voy a dejar llevar por ellos, ya lo hice una vez y no llevó a nada bueno.
-No parecías preocuparte mucho por mí hace relativamente poco. – digo dejándome caer en el respaldo y cruzándome de brazos.
-Vaya, veo que estás a la defensiva. – dice imitándome. – Tienes derecho a estarlo, lo sé, me porté como un auténtico gilipollas… Pero, ¿no podemos hablar esto como adultos? Vengo en son de paz, lo prometo.
Le miro y relajo los brazos lentamente hasta apoyar las manos en las rodillas. Parece que dice la verdad, pero tampoco quiero confiarme. Está bien, se lo contaré...
-¡¿Qué tú qué?! – exclama después de mi relato. Juraría que si abriera un poco más los ojos, se le caerían de las cuencas. - ¿Te estás quedando conmigo?
-¿Por qué no iba yo a poder ser seleccionada por la universidad de Edimburgo? – pregunto algo ofendida. Ben se toma su tiempo en contestar.
-Pues… no lo sé, pero me extraña mucho. Mucho, mucho. ¿Estás segura que era la universidad de Edimburgo? – pregunta todavía algo incrédulo.
Asiento ya casi rozando el enfado y saco la carta.
-Si no te lo crees después de esto, no sé qué más hacer. – Digo mientras la observa. Todavía después de eso, parece sorprendido.
-Vaya… Parece mentira, de verdad. Había oído que son muy, muy estrictos con los que seleccionan y el nivel está muy alto…
Doy un golpe en la mesa y le miro fijamente.
-Deja de subestimarme, ¿quieres? – le dijo sin elevar la voz. – Soy perfectamente capaz de llegar a su nivel, y mucho más. Si no te lo crees es cosa tuya. – digo cogiendo mis cosas. – Y ahora si me permites, tengo cosas que hacer.
Me levanto con todo mi orgullo y le dedico una última mirada.
-Te mandaré una carta desde Edimburgo, no te preocupes, cielo. – digo cargada de ironía antes de salir por la puerta y dejarle con la palabra en la boca.
¿Que no estaba al nivel de Edimburgo? Se lo iba a demostrar. De pronto lo tenía más claro que nunca. Hay algo con lo que debes jugar si no quieres salir perdiendo: un orgullo como el mío.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)