El despertador suena y me despierta bruscamente. Me había quedado dormida tan profundamente que no me lo esperaba. Pero era jueves, no uno cualquiera. Era ese jueves.
Me levanto y como alma que lleva el diablo me visto a toda prisa, cojo mi bolso y le robo una tostada a mi hermano que inmediatamente atrapo entre los dientes para dejar las manos libres.
-¡Eh! – exclama Harry mirándome con el ceño fruncido mientras voy de un lado para otro. - ¿A qué viene semejante alboroto?
Mi madre sonríe desde detrás del periódico.
-Déjala, cariño. Tiene cosas que hacer. – dice ella con voz amable
-¡Adiós! – farfullo intentando que la tostara se quedara en su sitio y salgo dando un sonoro portazo.
Harry mira la puerta algo desconcertado mientras mi madre sonríe.
-Esta cría, cada día es más rara… - dice por lo bajinis mientras acerca su plato a la mesa.
Había salido tan deprisa que no me había dado cuenta de que casi llegaba a mitad de camino en unos pocos minutos. Tenía que ir a correos. En mi mano, sostengo un papel, metido en un sobre, donde está escrita la respuesta a la carta que me enviaron expresamente desde Edimburgo.
Ahora la miro y no estoy tan convencida como cuando la escribí. En ese momento no me temblaba el pulso, ni notaba el corazón acelerarse estrepitosamente en mi pecho.
Tampoco me había dado cuenta de que me había quedado para en mitad de la calle mirando fijamente el sobre que sostenía, y la gente me empezaba a mirar algo raro. Volviendo a la realidad y sin fuerzas para continuar hasta mi destino, me siento en el banco a meditar un poco más profundamente.
-¿Es esto de verdad lo que quiero o estoy pensando con el corazón en vez de con la cabeza? A lo mejor debería…
-¿Estás bien? – comenta una voz cerca de mí, aunque parece lejana. Se rompe mi burbuja y levanto la cabeza buscando la fuente de aquella dulce y familiar… Dios mío.
No sé muy bien que decir. Nunca había sabido muy bien que decir cuando veía su melena rubia moverse con el viento, y esos ojos azules apuntándome, como si me desarmaran. Y pensaba que me había olvidado de todo aquello, parecía haber pasado tanto tiempo…
-Ben… - alcanzo a susurrar pasados unos segundos de silencio.
Recupero mi estado arisco a recordar aquella maldita noche donde todo se me fue al garete. Se supone que le odiaba, que no quería verle, pero… había pasado tanto tiempo que ni siquiera podía recordar el profundo sentimiento de odio que sentí en aquel momento. Ahora sólo veo a un chico a quien solía conocer, y nada más.
-Vaya, hola a ti también. – dice sonriente.
-No esperes que te salude a estas alturas. – digo seria, mientras me acurruco en la bufanda. Ben torna su sonrisa en un gesto de comprensión.
-Perdona, pensé que te alegraría verme. – dice. Sonrío con sorna y vuelvo la vista a la carta de nuevo. - ¿Qué te trae por aquí?
-Cosas. – digo mirándole sin más. No tenía por qué saber nada de lo que yo hacía. - ¿y tú que haces aquí?
-Trabajo aquí, en la zona. Debbie me despidió porque no tenía suficiente dinero para pagar a un empleado y me mudé con mi hermana por aquí, tampoco está muy lejos de ahí. Alguna vez te veo por ahí… pero no me atrevía a acercarme.
-Hasta ahora. – señalo. - ¿por qué has venido a hablarme?
-No lo sé, –dice encogiéndose de hombros. – un impulso tal vez. Te he visto algo preocupada y sola, así que he pensado que igual te vendría bien hablar… ¿Un café?
Mi cabeza estaba hecha un completo alboroto. De pronto aparece él y su estúpida sonrisa a preguntarme que tal estoy. ¿A caso no se me veía en la cara? De todas maneras, estoy algo mareada de pensar tanto, así que acepto. Un café es un café.
Harry se sienta despreocupadamente en el sofá tras hacer –a desgana– todas las tareas que le habían encargado. Ahora tocaba hacer otras un poco más importantes.
Coge su teléfono, busca un nombre en la agenda y marca. Los tonos le empiezan a desesperar. Llevaba varios días de retraso y el aviso que le había dado días atrás realmente le había hecho ponerse las pilas.
-¿Sí?- contesta una voz algo cursi al otro lado del teléfono.
-¿Joe? – dice Harry incorporándose de repente. – Joe necesito que me hagas un favor.
-Hola a ti también, Harry. – responde el muchacho con sorna. Harry no tiene la cualidad de ser educado, precisamente.
-Perdón, perdón. ¿Qué tal?
-Bien, bien. – dice Joe dejando el tema a un lado. - ¿Qué es eso que me tienes que pedir?
-Necesito que prepares un baile de fin de curso. – responde Harry como si fuera lo más normal del mundo.
-¿A principios de septiembre? ¿A ti se te ha ido la pinza?
-No. No me has entendido – dice Harry poniendo los ojos en blanco. – No ese tipo de baile, es un pequeño baile, lo necesito. Es como un evento privado.
-Oh… -murmura Joe. – Creo que lo entiendo… ¿Quieres impresionar a una chica?
-Algo así. – responde Harry. – Y necesito que tú y Sally me ayudéis con ello o no saldrá nada bien.
-¡Qué emocionante! – exclama eufórico. – Aunque con los exámenes de principio de curso… Tengo que estudiar…
-Por favor. – suplica Harry poniendo su mejor voz de niño pequeño. Joe suspira al otro lado del teléfono y chasquea la lengua.
-Está bien, está bien. –cede sin mucha insistencia, por una parte él también tenía ganas de hacer algo así. – Haremos lo que podamos, cuenta con nosotros.
Harry entona un gesto de victoria en silencio y carraspea.
-Gracias Joe, te debo una.
-¡Una de muchas, cielo! No me hagas recordártelas. Te veo este viernes en el instituto, acuérdate.
-Claro, hasta entonces. – responde mientras escucha el constante pitido que empieza a sonar. Harry parece satisfecho, una enorme sonrisa estúpida en su cara lo corrobora. ¡Viento en popa a toda vela!
Suspiro y dejo mis cosas al lado de la silla en donde me siento. Ben ha estado todo el camino callado y sonriente, casi da un poco de miedo.
-Y bien, ¿qué ronda por tu cabecita esta vez? – dice mientras se sienta en frente. Alzo una ceja algo molesta por la confianza con la que osa tratarme después de todo. Como si fuéramos amigos de toda la vida.
-Algo bastante serio, digamos que me juego el futuro entero. – digo ladeando la cabeza. - ¿por qué quieres saberlo?
-Oh venga, Belén, no te me pongas así. Se te ve en la cara que necesitas desahogarte.
-No me digas lo que necesito o dejo de necesitar, rubito. – le interrumpo antes de que siga por ahí. Si hay una cosa que no soporto es que hablen por mí. Nunca. – Pero esta vez tienes razón… Aunque no sé por qué debería hacerlo contigo.
Ben esboza una sonrisa, quizás por la última frase. Mente perversa.
-Simplemente me preocupo por ti – dice mirándome a los ojos. Con esos ojos azules y preciosos y… No. No, no y no. No me voy a dejar llevar por ellos, ya lo hice una vez y no llevó a nada bueno.
-No parecías preocuparte mucho por mí hace relativamente poco. – digo dejándome caer en el respaldo y cruzándome de brazos.
-Vaya, veo que estás a la defensiva. – dice imitándome. – Tienes derecho a estarlo, lo sé, me porté como un auténtico gilipollas… Pero, ¿no podemos hablar esto como adultos? Vengo en son de paz, lo prometo.
Le miro y relajo los brazos lentamente hasta apoyar las manos en las rodillas. Parece que dice la verdad, pero tampoco quiero confiarme. Está bien, se lo contaré...
-¡¿Qué tú qué?! – exclama después de mi relato. Juraría que si abriera un poco más los ojos, se le caerían de las cuencas. - ¿Te estás quedando conmigo?
-¿Por qué no iba yo a poder ser seleccionada por la universidad de Edimburgo? – pregunto algo ofendida. Ben se toma su tiempo en contestar.
-Pues… no lo sé, pero me extraña mucho. Mucho, mucho. ¿Estás segura que era la universidad de Edimburgo? – pregunta todavía algo incrédulo.
Asiento ya casi rozando el enfado y saco la carta.
-Si no te lo crees después de esto, no sé qué más hacer. – Digo mientras la observa. Todavía después de eso, parece sorprendido.
-Vaya… Parece mentira, de verdad. Había oído que son muy, muy estrictos con los que seleccionan y el nivel está muy alto…
Doy un golpe en la mesa y le miro fijamente.
-Deja de subestimarme, ¿quieres? – le dijo sin elevar la voz. – Soy perfectamente capaz de llegar a su nivel, y mucho más. Si no te lo crees es cosa tuya. – digo cogiendo mis cosas. – Y ahora si me permites, tengo cosas que hacer.
Me levanto con todo mi orgullo y le dedico una última mirada.
-Te mandaré una carta desde Edimburgo, no te preocupes, cielo. – digo cargada de ironía antes de salir por la puerta y dejarle con la palabra en la boca.
¿Que no estaba al nivel de Edimburgo? Se lo iba a demostrar. De pronto lo tenía más claro que nunca. Hay algo con lo que debes jugar si no quieres salir perdiendo: un orgullo como el mío.
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