Sus peores augurios se habían hecho realidad. Trata de negarlo varias veces, pero la evidencia de la presencia de aquella chica era demasiado fuerte.
Kristen contonea su despampanante figura por el salón. Esquiva algunas mesas con torpeza y se fija en Harry, parece que su juerga nocturna no había acabado todavía, de hecho tenía los ojos rojos y el rímel bastante deteriorado.
-¡Pero mira quién tenemos aquí! – comienza echándose a reír como si le resultara lo más gracioso del mundo.
Harry nota como su estómago se cierra en banda de golpe, como si fuera un método de defensa. Intenta hacer como que no la ha visto, como que está simplemente teniendo una bonita y agradable cita con la chica que quiere.
Pero es demasiado tarde, ella ya se había percatado de que él estaba ahí. María les mira con cara de no entender lo más mínimo, aunque se hacía una idea de quién era.
-¿Pero qué…? – masculla María en voz baja.
Harry carraspea violentamente intentando evitar la situación y mira el plato como si de él fuera a salir algo que le ayudara a decir o hacer algo.
-¿No me vas a saludar, cariño? – pregunta Kristen con voz aterciopelada acercándose peligrosamente a la mesa.
La gente que también había en el restaurante incluido el personal comienza a escuchar la conversación con cierta expectación.
Algunos, faltos de discreción se giran para verlo todo más claramente. Kristen había conseguido que empezaran a murmurar cosas.
-Kristen, ¿Qué haces aquí? – pregunta Harry incómodo intentando no elevar mucho el tono de voz. – No tengo nada que decirte.
La muchacha parece sorprendida.
-¿Ah, no? Claro que sí. Tienes que decirme que estás colado por mí todavía. – afirma con una amplia sonrisa cubierta de malicia.
María les escucha y observa en silencio desde la silla entornando una mirada de desprecio hacía la recién llegada. Podría decirle cualquier cosa, pero en vez de eso, espera paciente el momento justo para atacar.
-No seas ridícula. Estamos en un restaurante, hay más gente aquí, no montes uno de tus numeritos, por favor. – dice él lo más educadamente que puede.
En vez de escucharle, levanta la mirada y la fija en María. Parece acabar de darse cuenta de que estaba ahí. No había dicho nada en todo el tiempo.
Sonríe como si le divirtiera. Había encontrado una nueva presa con la que jugar, pero lo que ella no sabía es que esta vez el ratón iba a cazar al gato.
-Lo siento querida, pero sólo te está utilizando para olvidarme o para darme celos, - dice haciendo una mueca de obviedad. – Una pena, pareces buena chica, la verdad.
María la mira pensativa y torna la cabeza. Suspira como cogiendo carrerilla y sonríe enigmática.
-Kristen, por favor… - comienza Harry
-Da igual Harry, todos sabemos que me quieres a mí y no ha ella. – dice soltando una leve risita. - ¿Cómo la engañaste para qué…
De pronto María se levanta de su sitio como si tuviera un resorte y la desafía con la mirada. Había estado esperando.
-Mira, “querida” – comienza con un tono peligrosamente dulce. – Si te importa callarte un momento y escucharme, me estás poniendo enferma con toda esa palabrería que estás soltando.
Se coloca frente a ella y sonríe. Kristen se estremece.
-Lo primero de todo, esto es una cita para dos. Si no sabes contar, no es mi problema, el caso es que no estabas invitada. Lo segundo, creo que Harry te lo dejó bien clarito la última vez, y por si no lo sabías, él y yo estamos juntos. – dice mirándola directamente a los ojos. No llevaba intención de callarse hasta dejarle todo bien claro. – Así que si no te importa, me gustaría que te quedara claro que él ya no te pertenece. Me parece genial que engatuses a todos los hombres que quieras, si vives feliz así, pero a él no. ¿Te ha quedado claro? Si quieres te lo repito, no tengo prisa.
Kristen parpadea unas cuantas veces, tratando de procesar todo lo que María le había dicho. Nunca le habían hablado así. En cambio, María seguía ahí de pie, con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro.
-Tendrías que verte la cara ahora mismo. – dice riéndose levemente. - Como iba diciendo, me gustaría que sacaras tu culo de aquí y nos dejaras tranquilos. O mejor, ¿Sabes qué? Nos vamos nosotros.
María coge sus cosas con una mano y con la otra agarra a Harry del brazo y sin apartar la vista de aquel personajillo se acerca a la puerta y la abre mosqueada. Harry, sin articular palabra la sigue a ciegas.
De pronto se vio pasmada en mitad de aquel restaurante completamente sola y con varias mesas repletas de gente mirándola atónitos. Parecía que le hubieran echado un cubo de agua helada por encima. Nadie le había hablado así jamás, sabía hacerse respetar. Pero ahora que había ocurrido no sabía muy bien que hacer, pero simplemente por el hecho de quedarse ahí como si fuera un perchero, y por primera vez, se sentía la persona más idiota del mundo, y no le gustaba ese sentimiento.
María se coloca la chaqueta con la cabeza todavía dándole vueltas. Sentía algo entre confusión por todo lo que había pasado, satisfacción y mareo.
Harry todavía no se lo podía creer. Quería echarse a reír, no sabía muy bien si por no llorar, porque le había encantado lo que había visto o simplemente de puros nervios.
-¡Oh, cállate! – le espeta María sin venir a cuento.
-Pero… si no he dicho nada. – se defiende él mirándola con cierto respeto después de la disputa que había tenido lugar.
-Estabas pensando, y molesta. – dice María peinándose con una mano.
Le mira con el ceño fruncido y acto seguido se echa reír sin poderse contener. Harry la imita. Pasan varios minutos hasta que ambos se calman.
-Has estado muy bien. – dice Harry
-Oh sí, muy muy bien. – dice María con aire de superioridad.
-Por cierto… ¿Todavía tienes hambre?
-Oh Dios, sí. – dice María casi rogando.
Ninguno de los dos hubiera dicho que la cita iba a acabar así. Ambos sentados en el banco de un parque con unas hamburguesas recién compradas y riéndose a carcajadas. La verdad que María lo prefería a un serio restaurante.
Harry no parada de contarle historias y demás cosas con tal de hacerla reír, le encantaba su forma de reír, disfrutaba viéndola feliz.
De pronto los dos se quedaron en silencio, esta vez no era un silencio incómodo, de hecho podrían haberse quedado así durante horas. María sonríe como una tonta y le mira. Harry se le había anticipado, pues este ya le miraba.
Se encontró con sus enormes ojos verdes que parecían tener un verde especial esa tarde, quizás era que a pesar de ser cerca de las cinco de la tarde, comenzaba ya a atardecer y era la luz la que influía. En cualquier caso María suspira dispuesta a seguir en silencio durante el tiempo que fuera necesario.
Harry parecía también disfrutar de aquel largo y profundo silencio a excepción de algunos columpios que chirriaban de fondo y las tenues voces de varios paseantes.
-Te quiero. –dice él de pronto.
-¿Cómo has dicho?
-Qué te quiero.
Ambos sonríen sin saber lo que iba a pasar después y, sinceramente, tampoco es que les importara demasiado.
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