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Capítulo 41

Con todavía el ego por las nubes el pánico empieza a inundarme. Me doy cuenta de que Harry tiene razón, tengo que ser muy buena para conseguir meterlos a todos en un mismo sitio…

¿Cómo iba a hacer eso?

Tenía una semana entera para pensarlo, pero debía darme prisa. Lo primero es lo primero, y siendo carnaval… ¡Disfraces! Pienso un momento y me acuerdo de una pequeña tienda que no está muy lejos.

Al llegar miro el escaparate y abro la puerta. No es una tienda de disfraces, es una tienda de vestidos, pero tenía en la cabeza lo que quería y me lo iba a preparar yo misma.

-Buenos días. – saludo al entrar con una peculiar voz de niña pequeña. La señora que se sienta tras en mostrador levanta la mirada del vestido que sujeta entre las manos y sonríe.

-Hola, ¿En qué puedo ayudarte? – contesta levantándose.

De pronto se escucha un estruendo en la trastienda. La mujer parece desconcertada y frunce el ceño.

-¡Estoy bien! – dice una voz masculina.

La mujer suspira profundamente con indignación y se acerca a mí. Tendrá unos 50 años, pero se conserva bastante bien.

-Dime.

-Eh, verá, estaba pensando… Estaba buscando un vestido para carnaval. Es decir, tenía pensado vestirme de algo, pero pensaba hacerlo yo misma. – parece gustarle mi idea y sin pronunciar una sola palabra entra en la trastienda y sale con varios libros grandes.

Me acerco con cautela y reposo los brazos en el mostrador mientras ella va pasando cuidadosamente las páginas, como si les tuviera bastante cariño.

-¿Qué tienes pensado? – dice parándose en una de las hojas.

Suspiro y dejo de mirar embobada los diseños que hay dibujados en las páginas.

-Pues la verdad… Me gustaría un vestido azul, azul claro.

-¿Cenicienta?

-Alicia, más bien. Alicia en el país de las maravillas. – contesto con una gran sonrisa.

-Ahora vengo. – dice ella devolviéndome la sonrisa y desapareciendo en la trastienda de nuevo. Me quedo en el mostrador, golpeando rítmicamente el cristal con los dedos.

Comienzo a fijarme en todos los abalorios, hilos de todos los colores, telas, y distintos artilugios que hay en la tienda hasta que un escándalo cerca de mi me distrae.

Un muchacho rubio ha tirado todo un repertorio de cuentas blancas por el suelo. No puedo verle la cara, pero aquel pelo me resulta familiar.

-Deja que te ayude. – le digo en voz baja.

-¡Eres un inútil! ¿No sabes tener más cuidado? Oh, querida, déjalo, no importa. – dice la señora atacada.

-No se preocupe, no me importa.

-Da igual, lo recojo en un momen… ¿Belén?

-¿Ben? – digo sonriendo al encontrarme con sus ojos. Noto como se me forma un nudo en la garganta. Hacía siglos que no lo veía.

La relación que mantenemos Ben y yo es algo complicada. Él me… me gusta, sólo un poquito, y creo que a él también, de hecho ha habido algún beso que otro entre nosotros, pero tampoco tenemos una relación amorosa, que se pueda decir.

-No sabía que trabajaras aquí. – digo recogiendo las últimas bolitas del suelo y dejándolas caer en un recipiente que sujeta él. – Q-qué sorpresa…

Me abruma la manera que tiene de mirarme y no puedo evitar sonrojarme.

-Sí, llevo un tiempo aquí, apra pagarme los estudios, pero no están muy contentos conmigo… - dice rescándose la nuca.

La mujer anda con paso decidido hacia él y le arranca la cajita de las manos para ponerla en un lugar lejos de su alcance.

-Desde luego, si sigue así le va a durar poco el trabajo... – comenta mientras vuelve al mostrador. - ¿Has visto algo que te guste?

Miro de reojo algunas páginas hasta que lo veo.

-Ese no estaría nada mal. –digo señalándolo con el dedo.

La dueña sonríe y cierra el libro de golpe, casi llevándose mi dedo con él.

-Creo que podemos apañarlo. – dice sacando un ejemplar del almacén. – podría añadirle unas cosas. Estaría para mañana.

-¡Genial! – digo encantada. – Me pasaré a por él mañana entonces.

Me despido y salgo de la tienda, prometiéndole a Ben que tomaría algo con él después de recogerlo.

Vuelvo a casa con una sonrisa todavía dibujada en la cara, como una idiota.

-Hola. – dice una voz ronca.

El grito que pronuncio resuena en las cuatro paredes. Harry se tapa los oídos como si hubiera habido una explosión y mi mira irritado.

-¿Estás loca? Joder, mi cabeza…

-¡¿Estás loco tú?! ¡Casi me muero del susto! Pensaba que no había nadie en casa. – digo dejando con poco cuidado el bolso en el sillón.

Harry entorna una sonrisa y coge el vaso lleno de una bebida roja, algo espesa. Había olvidado que tenía una resaca que no podía con ella.

-No le encuentro la gracia. - le digo acercándome a la cocina. - ¿Qué tal está Louis?

-Por poco le da un coma etílico, sino fuera porque una de las chicas con las que íbamos anoche le convenció para que dejara de beber. – dice como si fuera la cosa más normal del mundo.

No sé que me escandaliza más, el que hayan bebido hasta perder la consciencia o el que… Un momento, ¿De qué chicas me estaba hablando?

-¿Chicas? ¿Qué chicas? – pregunto.

Harry se ríe y vuelve a dar un trago a su vaso.

-Respóndeme.

-Unas que conocimos anoche, nada más. – dice quitándole importancia.

-Nada más no. No se si recordarás, pero tienes una novia. Y Louis… bueno, Louis me da igual. – intento parecer lo más indiferente que puedo, pero se me nota bastante el cabreo que llevo encima, no sólo por Harry sino también por Louis.

-¿Y qué? Ella se lio con Zayn. ¿No puedo soltarme la melena yo también aunque sea una vez?

Me quedo atónita ante la frase que acaba de soltar. ¿Cómo puede pensar eso? María no lo hizo a conciencia, de hecho fue algo que simplemente surgió, pero Harry lo había hecho a mala idea, por, de alguna forma, despecho.

Me dan ganas de cruzarle la cara, sin embargo me limito a emitir un extraño gruñido y desaparecer por el pasillo hasta mi cuarto.

-¡Tíos! ¡Todos sois iguales! ¡No os soporto! – grito tras la puerta.

Él se limita a levantar los hombros y acabar su bebida, como si no le importara.


Amanezco al día siguiente de lo más cabreada con el mundo, uno de esos días que todo te parece mal.

-Buenos días. – dice mi madre con voz dulce.

Le contesto con un bufido y desayuno lo primero que pillo, ni siquiera tengo el estómago como para que me entre algo de comida. Nadie pregunta nada, no es que sea algo peculiar en mi, de hecho no es la primera vez que pasa.

Antes de que pueda soltar algún improperio más, llaman al timbre.

-Cariño, es María, está esperando abajo. – Mi madre me mira con cautela, como si le fuese a morder en cualquier momento. Aparto la mirada de la taza humeante que hay delante de mí y suspiro.

-Dile que suba. – le digo levantándome de mi sitio. ¿Qué hará aquí a estas horas?

Cuando veo aparecer su melenita pelirroja por la escalera se me escapa una risilla, al subir dando saltitos el flequillo le vota como un muelle. Cuando me ve en la puerta no puede hacer otra cosa que echarse a reír. Parece estar muy contenta, lo que complementa mi pésimo estado de ánimo.

-¡No te vas a creer lo que te tengo que contar! – dice emocionada.

Continuará...

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