7/8/12

Capítulo 54

Me siento en el sofá algo alicaída. Para mi sorpresa, hacía tiempo que no había vuelto a pensar en él. Pero de nuevo, ahí estaba, sonriendo en mi cabeza, entornando esa mirada que me ponía los pelos de punta.

Maldita sea.

Golpeo el cojín con fuerza y me llevo una mano a la cabeza. Cierro los ojos y trato de pensar en otra cosa. Me levanto algo mosqueada y me pongo algo de música para despistarme.

Mucho más rato del que pensaba después, mi madre llega de trabajar con una expresión algo extraña pintada en el rostro y algo en la mano.

-Hola. ¿Qué pasa? ¿A que viene esa cara? – digo quitándome los cascos.

Ella suspira y se sienta en la mesa deslizando algo que parece un rectángulo de papel sobre ella.

-Deberías echarle un vistazo. – me propone.

Con mi curiosidad aumentando por segundos, me siento algo alarmada y cojo lo que parece ser un sobre. Una carta. Una carta de… ¿Pero como puede ser?

-¿Universidad de Edimburgo? Pero… ¡Eso es imposible! Ni siquiera me conocen, además está muy lejos de aquí. ¿Por qué me mandan esto a mí? Tiene que estar algo mal…

-En realidad… No se han equivocado. – dice ella cruzando las manos sin apartar la vista de la mesa. Frunzo el ceño sin entender nada. ¿Qué era todo aquello? Todavía escuchaba la sangre latiendo en mis oídos.

-¿Ah no? ¿Y entonces que pasa, mamá? Porque sabes tan bien como yo que es imposible que me hayan estado poniendo el ojo encima. ¡Es una de las mejores universidades de toda Europa!

-Lo sé. Por esa razón tu padre y yo mandamos tu expediente ahí, para el año que viene. Es de las mejores, y pensamos que sería lo mejor para ti.

De pronto me viene todo a la cabeza. De golpe, como una oleada. Todos mis amigos, los sitios en los que he crecido, toda mi vida se esfumaría. Tendría que empezar de nuevo, como una desconocida. Hacer amigos, estudiar para estar a la altura… Dios, de pronto estaba más nerviosa que nunca.

-¡¿Por qué elegís por mí siempre?! ¿Es que no tengo voz ni voto nunca? ¡Joder! – digo sin apartar la vista de la carta. - ¿Qué voy a hacer? ¿Dejarlo todo aquí? No podría…

Mi madre me coge de la mano y me sonríe. La miro y dejo caer los hombros. Desde luego no era una mala oferta, ellos estaban dispuestos a aceptarme, ya que mis notas son bastante altas, pero cambiarlo todo por una universidad… Tenía la cabeza echa un auténtico lío.

-Por lo menos dime que te lo pensarás.

Asiento y dejo la carta en la mesa. ¿Hasta que punto podría cambiar aquello mi vida? No estaba dispuesta a perder lo que tenía.

Unos minutos después, cuando todo parecía un poco más en calma, alguien llama a la puerta con musicalidad. No eran a penas las dos de la tarde, ¿quién sería?
Al echar una mirada por la mirilla me sorprende encontrarme con su imagen mucho más cambiada de lo normal.

-¿María? – digo abriendo la puerta de golpe con los ojos como platos. Ella sonríe y se echa a reír dulcemente.

-Lo sé, es extraño pero, ¿A que es bonito? – dice pasándose la mano por el pelo. Que ahora tiene otro color y otra forma.

-Mola, mola mucho. – digo sonriendo. – Pasa, no te quedes ahí.

Ambas entramos y al ver la carta en la mesa me tiro ferozmente a por ella para tratar de esconderla. Cuando ya la he guardado en mi bolsillo de atrás sonrío de forma culpable y trato de disimular.

-¿Q-qué era eso? ¿Estás bien? – dice frunciendo el ceño.

-¡Nada! Estoy estupendamente. – digo riéndome. – Bien, venías a hablar conmigo, ¿no?

Me siento en el sofá y guardo la carta en el cajón de la mesilla aprovechando que María se ha dado la vuelta para dejar sus cosas en la percha de la entrada. Suspiro aliviada y adopto una posición casual.

-Pues, la verdad es que sí… - de pronto cambia el todo de voz. - ¿Está…?

Asiento con la cabeza y al quedarnos en silencio se oye la música que emerge de su habitación. María suspira y me mira. De pronto sonríe y se da una palmada en las piernas.

-Ya está. ¿Qué te parece si vamos a comer por ahí? – dice alegremente.

Asiento enérgicamente y me levanto de un brinco y le pido que espere a que me cambie de ropa. Mi madre la saluda al salir de la cocina. Por favor que no le cuente nada de lo de la carta, porfaporfaporfaporfa…

Me cambio lo más rápido que puedo. Vaqueros, camiseta lisa y converse negras. Simple y cómodo. Salgo abrochándome la cremallera casi corriendo, me tropiezo un par de veces y acabo en el salón lo más dignamente que puedo.

María entorna una sonrisa y asiento. No tardamos mucho en coger las cosas, pero justo la puerta de la habitación de Harry se abre dejando escapar el sonido que se oía amplificado por dos. Parpadeo un par de veces y le miro levantando una ceja.

-Enana, si vas a salir tráeme helado. Ya sabes cual. – dice rascándose la nuca. Va sin camiseta y pantalones negros. Parece no haberse dado cuenta de la presencia de María, ya que tiene la mirada pegada al CD de T. Rex que sostiene en la mano.

Carraspeo de forma exagerada y este levanta la mirada. De pronto trata de no parecer alterado pero se ha puesto claramente rojo y no sabe que hacer. Algo le ha hecho quedarse observando a la figura de María. La miro y ella también está roja, callada y mirando al suelo. Menudos pimpollos.

Me río y le hago una seña positiva a su encargo del helado mientras me dirijo hacia la puerta, pero María parece haber sufrido una embolia cerebral y no responde. La cojo de la muñeca y la intento mover, ella respondo con un leve gruñido y me mira, todavía roja.

-¡Eh! – dice Harry justo cuando estamos a punto de desaparecer por la puerta. – Qué bien te queda el pelo, María.

Me echo a reír de tal manera que casi me parece cruel, pero tendríais que verle la cara. Aunque la de María no es muy diferente…

-Anda vámonos… - digo arrastrando a la ya no pelirroja detrás de mí, aunque parece resistirse.


Al llegar a un pequeño bar algo apartado nos sentamos en una mesa libre y pedimos unos platos de pasta, de la mejor que he probado.

-Esto está buenísimo. – digo sin parar de llevarme el tenedor cargado a la boca. Mientras, María no para de darle vueltas al plato. – Lo… lo vas a marear.

Suelta el tenedor de golpe haciendo un ruido desagradable y me mira.

-Esto es una mierda. – dice de pronto, murmurando. Aunque algo me dice que tiene ganas de gritar. – Me prometí a mí misma que no haría esto, y es exactamente lo que estoy haciendo. Joder…

-Eh, eh. – la paro dejando a un lado el tenedor. – Va, suéltalo. Desahógate, te sentirás mucho mejor, ya lo verás.

Respira hondo y me mira, aunque desvía la mirada a la mesa de nuevo.

-Es extraño. Lo de tu hermano y yo. Es… como si me hiciera ser así, sin remedio. Quiero enfadarme con él, que escarmiente, pero… No puedo. No puedo enfadarme con él. ¡Y me jode! Me jode muchísimo. – dice apoyando la frente en la palma de la mano.

No sé muy bien que decir pero trato de aconsejarla lo mejor que pueda.

-Verás, no soy una experta, pero creo que se como te sientes. – de pronto una sonrisilla asoma en mi boca, recordando alguna que otra cosa. – Es algo que no puedes controlar, y notas que se te va de las manos… Pero ahora tienes que pensar en ti, en ti y en tu bien. Mi hermano es buena persona, pero es tan idiota que hace daño a la gente sin darse cuenta. Le pierden los celos. Por eso tienes que enseñarle lo que provocan esos celos. – le cojo la mano y sonrío. – Sé que es duro, pero es lo mejor. Para los dos.

María me mira algo atontada y asiente. Coge el tenedor y da otra vuelta.

-No tengo hambre. – gruñe poniendo morritos. Me río y ella ríe también.

Después de un largo rato hablando de otras cosas para dejar atrás aquello, vuelvo a casa, pero antes paso por el súper y compro el helado que me pidió Harry.

-¡Ya estoy aquí! –digo alegremente mientras el sonido de la puerta cerrándose acompaña al tintineo de las llaves.

De pronto me encuentro a Harry con una cara no muy agradable. Conozco esa cara, y no me gusta. Es cara de hermano mayor. Cara de algo importante, y el ver a mi madre sentada detrás con cara de preocupación no ayuda nada a mis recién adquiridos nervios.

-T-traigo el helado que me pediste… - murmuro con voz de niña buena mientras él me acecha con la mirada.

Continuará...

No hay comentarios:

Publicar un comentario