Me hago un té y poco a poco paso a pensar que todo ha sido una broma pesada de Harry para tenerme en vilo durante un rato, así que me pongo cómoda y me pongo a leer.
Perdida entre las páginas, me olvido por completo de todo hasta que el sonido del timbre me sobresalta. Siento como el estomago me da un vuelco y me acerco a la puerta como si hubieran puesto una bomba justo delante.
Abro algo insegura y me encuentro con su flamante presencia. Noto como el alma se me cae a los pies mientras me vuelvo blanca como el yeso. ¿Esto es una sorpresa?
-Hey. – pronuncia Louis algo tímido. Parece mentira, a estas alturas. No sé que decir, así que simplemente lo observo desde detrás de la puerta, con los ojos como platos. - ¿Q-qué tal?
-¿Qué haces tú aquí? – le pregunto con poco entusiasmo. El corazón me palpita en los oídos, así que puedo escuchar a duras penas lo que dice.
-Pues… pensé que te apetecería dar una vuelta. Hace un día estupendo. – Mentira. Está nublado. Como todos los días. - ¿Te hace… un paseo?
Parpadeo varias veces y le miro. La sangre pasa de forma tan espesa por mis venas del susto que apenas tengo reflejos en ese momento. No tengo ni pajolera idea de cómo reaccionar.
-Eh… Pues… - empiezo a tartamudear, no es muy buena señal. ¡Por qué me pondrá tan nerviosa este chico!
Louis sonríe ampliamente y me mira a los ojos. No. Otra vez tú no, no me puedes hacer esto. Otra vez esa mirada, que me hipnotiza y…
-Vamos, ven. Será divertido. – dice con un tono aterciopelado.
-V-vale. Voy a por mis cosas… - contesto en un hilo de voz. Maldita sea, ya he caído otra vez.
Los minutos pasan con cuentagotas mientras, sentadita en la acera, María mira de un lado a otro esperando la llegada de Harry. Era la quincuagésima vez que se cuestionaba la decisión que había tomado. ¿Qué pintaba ahí? ¿Qué le iba a decir? Y ella que sabía. Decisiones que tomas mientras tomas un té.
Mientras juega con una de las piedrecillas del asfalto, alguien se ríe dulcemente detrás de su hombro. Se gira de un bote y sus ojos verdes le erizan la piel de la nuca. Ni siquiera le había oído llegar.
-¿Qué haces ahí como una cría de seis años? – dice alegremente.
María le saca la lengua y le hace un gesto para que comience a andar mientras se levanta. El silencio se empieza a formar mientras Harry espera a que ella saque algún tema de conversación, porque le había llamado por algo, ¿no?
-Bueno. – suspira él. – Y… ¿Qué me querías decir?
-¿Qué que te quería decir? – salta María, desprevenida.
-Sí… ¿No me habías llamado para hablar? – Harry frunce el ceño y la mira. El ambiente lleva escrito “raro” en mayúsculas y negrita subrayada.
-Eh… -Sí. Era para eso, pero no tenía ni la menor idea de qué decir. Y lo había pensado, pero… Se había quedado completamente en blanco. – La verdad que tenemos que hablar muchas cosas, Harry.
Harry comienza a tocarse la boca. Los nervios empiezan a hacer efecto en él.
-¿Cómo qué?
-¿Cómo qué? Pues como lo que pasó el otro día en la bolera, como que odio que estemos genial y dos días después ya no hablemos. ¿Qué está pasando Harry? No entiendo nada, estoy hecha un lío y me gustaría aclararlo de una vez por todas…
Oh, eso. María suspira, cansada y decepcionada. Triste.
-Lo siento. – murmura él metiéndose las manos en los bolsillos. Es obvio que no se le dan muy bien estas cosas, como a la mayoría de los tíos. – De verdad, yo…
-¿Lo sientes? – ríe irónicamente María. – A estas alturas no me sirve, Harry. Necesito pruebas. Pruebas de que en algún rincón ahí dentro, - dice señalando su pecho. – sigue el otro Harry.
-Sabes que no puedo evitar lo de los celos. ¿No te das cuenta como te mira Zayn? Es algo que me está volviendo paranoico. Y pensar que una vez estuvisteis juntos, me…
-Joder – dice chasqueando la lengua. Le miró de una forma que mezclaba desesperación y cansancio a partes iguales. - ¿Por qué no puedes parar? Aunque sólo sea un momento. Deja de ser así, y vuelve a ser él.
-¿Ser quién?
-El Harry del que me enamoré. – de pronto la mirada de María se inunda, como aquel que se impregna de un recuerdo, saboreándolo y echándolo de menos. - Ese que remarcaba sus hoyuelos al sonreír, que empañaba el cristal de las ventanas para hacer dibujos estúpidos. Ese que hacía bromas que no tenían gracia sólo para hacerme reír. ¿Sabes? Le hecho algo en falta.
Harry la mira dejando escapar un suspiro, aunque hubiese entonado un grito si hubiera podido, pero el nudo de la garganta le impedía si quiera unir dos sílabas. Pero, ¿qué podía hacer?
-Sigo preguntándome por qué no confías en mí. – entona la chica, casi en un susurro.
– No lo entiendo. Te di mi palabra de que te iba a ser fiel, y aún así…
-Pero… ¡No es por ti! Es por él. Desde siempre ha sido el guapo del grupo, al igual que Louis siempre ha conseguido a todas las chicas que ha querido. ¿Por qué no iba a poder pasar lo mismo contigo? Ya lo hizo una vez.
-¿Crees que soy una más, Harry? – pregunta María, algo dolida. – Dios… ¿Sabes? Estarías mejor si no abrieras la boca. Cada vez que la abres lo jodes todo.
Harry se queda plasmado. María ya ha dado un paso de vuelta a casa, pero él reacciona y le agarra de la muñeca.
-No, por favor. – le ruega. – No te vayas. Siempre te marchas cuando pasa esto. Lo sé, no soy para nada perfecto, pero… ¡Sé que hay un modo! ¡Un modo de arreglarlo! Y me volveré loco hasta que lo encuentre, aunque sea lo último que haga.
-¿Y por qué ibas a hacer eso? – pregunta ella, que hace tiempo ha dejado de hacer fuerza contra la retención de Harry. Tiene los ojos empapados en sentimientos y algo le dice que las palabras del chico son sinceras. Como las diría él.
-Porque te quiero. Te quiero con locura, por encima de todo y no quiero perderte. No soy más que un idiota sin ti.
María se ríe dulcemente y adelanta algunos pasos que había dado hacia atrás.
-No digas tonterías. – dice revolviéndole el pelo. – Vas a acabar conmigo, Harold.
En ese instante vuelve, de pronto, la esencia del día en el que ambos, al cruzar una mirada supieron que algo había surgido entre ellos dos. Algo parecido a la magia, algo que ninguna palabra podía expresar. Llenando silencios con miradas y nada más.
-Yo también te quiero. – susurra María, mientras una gota surca su mejilla lentamente. Una gota, por primera vez en mucho tiempo, de felicidad. – Prométeme que por lo menos lo intentarás, por mí.
Harry la acerca por la cintura y le besa la frente. La acoge entre sus brazos y le acaricia el pelo.
-Lo haré, por ti.
Es curioso lo mucho que puedes llegar a echar de menos a una persona sin darte cuenta. Sobre todo cuando, en uno de estos espacios, en los que ambos os miráis, sonreís y os quedáis absortos con su mera presencia.
En ese momento dices: “Joder, te he echado de menos” y sí, me jode. Yo que era una chiquilla a la que no le iban para nada las ataduras, era un alma libre. Sin nadie que la controlara, ni que le dijese lo que hacer.
Y ahí estaba. Siendo controlada con su simple mirada. Puede resultar irónico, o incluso algo ridículo. Lo único que se es que hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien, había pasado toda la tarde riéndome, había estado en la feria, como si hubiese regresado fugazmente a mi infancia. Y me resultaba duro volver al mundo real.
Pero mientras achuchaba el enorme oso de peluche que aquel chico de ojos azules había conseguido para mí, mientras le miraba sentada en un bordillo cerca de mi casa, y mientras él me miraba a mí, podía sentir que el tiempo se paraba. Y era fantástico.
-Ni siquiera sé que hora es. – digo como continuación a mis empalagosos pensamientos. Casi me daba pena romper aquel adorable silencio.
-Un poco tarde, pero a quién le importa. – Louis me mira como un niño recién despertado, está algo adormilado.
Apoyo la mano en el bordillo y miro al cielo.
-¿Por qué has venido a buscarme? Hacía siglos que ni siquiera hablábamos y míranos, en una acera, de noche y con un oso gigante de peluche. – río y le miro.
-¿Quieres que te sea sincero? No lo sé. De repente, algo dentro de mí dijo: “Eh, vamos a dar una vuelta con la chica más guapa del barrio” – dice mirándome sonriente.
-Claro, y como Rachel no estaba en casa, pasaste por la mía a ver si a mí me apetecía, ¿No es eso? – digo arqueando una ceja.
Louis abre mucho los ojos y frunce el ceño. Me da un suave golpe con el hombro en el brazo y los dos empezamos a reír. Como si el magnetismo de la tierra pusiera algo de su parte, nuestras manos se encuentran en el frío cemento. Y, joder, es fantástico.
asdfsadsasadsasdadsa
ResponderEliminar